Una voz joven política frente a los restos y decadencias de un pueblo necio

Colombia ha llegado a sus “límites”; la situación frente a la pandemia, las injusticias sociales, la violencia, el narcotráfico, la pobreza, la corrupción y el silencio, no solo son protagonistas, sino que también es la representación y nombre de nuestro territorio.

Por años pensaba que las personas se sentían impotentes ante estos hechos, que la guerra adormecía los sentidos y que el sentido de amor por la sociedad, solo se veía reflejado cuando esos ciudadanos de a pie y de “perrenque” tomaban la iniciativa de ingresar al Ejército o a las Fuerzas Armadas Revolucionarias a “defender” nuestros derechos. Sin embargo, en este punto de la lectura, de pronto también has pensado que estaba equivocado.

Desde que el pensamiento crítico se estableció en mis bases personales, he iniciado un proceso de renacimiento; es como si de una forma casi que ancestral los pensamientos se aclararan y pudiera ver con alta definición la situación de este país. He descubierto al igual que muchos, que algunas personas no solo son impotentes, sino también indiferentes ante las crisis que nos rodean y las malas decisiones de un gobierno corrupto sin empatía social.

Aunque parezca mentira, desde que el primer caso de contagio por el virus Covid-19 que hoy nos amenaza, los hechos de corrupción sumado a las faltas de conciencia por parte de los ciudadanos, ha agravado la situación y ahora con más 2.456.409 casos de contagios y 64.293 muertes, seguimos siendo igual de enfermos, ciegos, hambrientos y sedientos, como si no hubiera soluciones. Con miedo del mañana o del pasado; insensibles y desalmados ante el presente.

En el marco de la pandemia se escuchan clamores de próximas elecciones; una cantidad de individuos en búsqueda de reconocimiento político o popularidad en las encuestas, alegando cambios y proyectos de gran importancia en tiempos de crisis de salud, mejor dicho, un marketing imparable de aquellos que no se detienen en la politiquería eterna de este platanal de inconciencia y que nos tiene de testigos pintados, ante las leyes y decisiones gubernamentales que empeoran nuestro diario vivir. Como si la crisis fuera un episodio actual o novedoso, en una serie con capítulos de más de cincuenta años de atentados, engaños y abusos contra el pueblo.

En medio del confinamiento, bajo un análisis un poco teórico, he llegado a pensar que tal vez es diferente ahora que algunos jóvenes son quienes muestran consciencia ante los hechos cínicos que rodean a nuestra sociedad; hechos como: feminicidios, violaciones o asesinatos a niños, niñas y excombatientes, muertes de líderes y lideresas sociales, desempleo, atropellos contra nuestras raíces indígenas, destrucción del medio ambiente, políticas fiscales que fortalecen la desigualdad y demás, que no solo se ponen en la mesa de los debates juveniles, sino que se convierten en prioridad ante una Colombia absurdamente devastada por la carencia de ética en todos sus sectores.

Pero como no todo es color rosa, por todo lo anterior me he cuestionado: ¿Se puede pensar que la intervención de los jóvenes en procesos sociales que antes eran escenarios pocos concurridos y debatibles, se ha convertido en una esperanza más para nuestro país?

La realidad expone que, teniendo en cuenta la participación política que la juventud ha tenido los últimos años, se puede pensar que no es imposible, pero conlleva grandes retos frente a una tarea que tiene miles de obstáculos que acortan la iniciativa y generan desanimo a quienes buscan el bienestar que las malas intervenciones políticas nos han arrebatado.

Sin duda, el escenario político ha cambiado y estamos un paso más adentro del campo de guerra, pero a pesar de ser muchos los que proclaman la juventud como uno de sus ejes principales, son pocos los que han introducido espacios para fomentar las iniciativas juveniles.

Y es por esa razón, que un líder joven si puede ser una “esperanza”, teniendo presente que uno de los retos principales, es el dar a conocer su liderazgo u opinión para fomentar la participación ciudadana, seguido de crear cercanía con los demás ciudadanos para construir ideas que convengan en el apoyo de los demás, con la difícil acción de expresarse frente a quienes han callado durante años los abusos e injusticias de los gobiernos colombianos. Aclarando que, aun celebrando una inclusión juvenil en los espacios políticos, siempre ha sido riesgoso mostrar actitudes políticas diferentes a las conservadoras que se han establecido bajo aspectos “éticos y morales” por quienes tienen el poder y su único objetivo, es no soltarlo.

En consecuencia, los nuevos líderes jóvenes del país terminan siendo miedosos con valentía; ciudadanos que se arriesgan el todo por la nada, sabiendo que al final, si les quitan la nada estarían en el mismo lugar. Dado a que Colombia está muy lejos de ser un país realmente democrático como se proclama en la Constitución y mucho más distante de aquel que se muestra como garante y veedor del cumplimiento de los derechos humanos a nivel internacional.

Siendo así, es de esperar que, en estas próximas elecciones, las sorpresas y descaros de seguro no faltarán, pero con ansias, dentro de tantos hechos que atraviesan estos debates, el pensamiento crítico de la ciudadanía puede ser el que de verdad muestre mayor liderazgo y fuerza.

En conclusión y como parte de un pensamiento en desarrollo, es posible observar a miles de jóvenes agitando banderas, construyendo discursos, iniciando propuestas o protestas, marchando por sus derechos y resaltando una voz política joven en grandes escenarios sociales; avivando una esperanza que día tras día es fusilada por quienes con máscaras se hacen en frente a la defensa de los restos y de la decadencia de un pueblo necio.

Por: Daniel Aroca

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