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Un boxeador que enfrentó al inmortal Bernardo Caraballo: “Era como tratar de pegarle a una bola de humo, que te hacia mucho daño”

En el tercer asalto del combate “El Policía” Pérez llegó a su esquina chorreando sudor, cansado, maltratado, pero entero, y muy furioso.

Su entrenador de toda la vida Apolinar Herrera saltó como un simio por entre dos cuerdas y lo ayudó a sentar. Lo miró de cerca, secó el sudor de su rostro con una toalla y le habló como sólo le hablaría una madre consejera a un hijo en problemas. Reiteró lo que venía diciendo desde el primer asalto:

-Abajo. Dale duro abajo que él tiene que parar, y lo cruzas con la izquierda arriba. Él no te va a aguantar las manos. Ya sabes, dale duro ¡Con todo abajo! –

– ¡Apolo es como si estuviera tirando golpes a una bola de humo! – confesó agitado Armando “El Policía” Pérez, antes de ponerse de pies.

“El Policía” Pérez chocó los guantes con rabia frente a su pecho y se encaminó a la mitad del cuadrilátero. Allí ya lo esperaba un gladiador de su mismo tamaño, pero de cuerpo rollizo. Un negro que brillaba bajo las lámparas y lo miraba de frente, burlón. Un ser humano, al que muchos de sus contrincantes no veían mientras peleaban.

Y Bernardo Caraballo – en ese cuarto asalto – le hizo la fiesta.

-Faltando quince segundos para acabar el asalto Bernardo se sentó en la tercera cuerda, y me llamó. Me llamó con su mano derecha y con un gesto de la boca. Yo le entré con todo. ¡Le tire no menos de quince golpes! Izquierdas, derechas, ganchos, swings, uppercuts, y no le di. Yo escuchaba al público gritar hasta rabiar, y me daba más coraje. Estaba sentado en la cuerda y bailaba, se tiraba hacia atrás, agachaba la cabeza. El ya sabia que golpe venia y se anticipaba. Por último, tiré con toda el alma un volado que le explotó en la cadera, de la parte izquierda. Eso sonó como cuando tú le pegas con rabia a un saco de arena y se escucha el eco. Lo oí gritar y salió de las cuerdas con la pierna izquierda paralizada. Salió cojeando y el público lo aplaudió con más fuerza, pensando que era parte de su espectáculo. Lo fui a rematar y sonó la campana – recuerda hoy Armando Pérez frente al cuadrilátero del nuevo coliseo de combates de Barranquilla.

“El Policía” Pérez tiene aún presente este episodio con sentimientos mezclados, entre la nostalgia y la admiración. Conocía a Bernardo Caraballo, lo admiraba, él había sido su ídolo de joven, pero nunca pensó en enfrentarlo. Menos con la posibilidad de vencer a un monstruo como ese. Cuando supe que íbamos a pelear, pensé realmente en ganarle –

-El empresario Julio Guerrero Caraballo, vio mi récord como profesional, llamó a mi apoderado Armando De la Espriella y se firmó la pelea para el 30 de junio de 1975. Yo llevaba 16 peleas, la mayoría ganadas por nocaut. Sabia que si le ponía las manos Bernardo no iba a aguantar y se caía. Pero no lo pude conectar con fuerza, y nos fuimos al empate – revela mientras observa, con ojos inexpresivos, a dos pupilos suyos batirse a golpes en el coliseo Sugar Baby Rojas.

¿Qué tanto conociste a Bernardo Caraballo? – pregunto-

-Yo soy de Cartagena y vivía en el barrio San Pedro. Un hermano, Oscar Villarreal, me invitó a practicar boxeo. Yo tenia 16 años y caminábamos veinte cuadras a diario, para llegar al gimnasio que tenía en el patio de su casa Bernardo Caraballo. Él vivía en Torices -calle La Paz con la 13- cerca al Teatro Caribe. Desde el primer día lo vi como un fenómeno de masas – asegura el ahora pensionado gladiador.

¿Qué lo hacia admirar a un hombre como Caraballo?

-Primero el carisma. Sólo tenía unos 20 años y la gente lo amaba. Parecía tener sangre real. En las prácticas se exigía a fondo y la cuadra se llenaba de gente que solo quería verlo hacer guantes, cuerdas, sombras, y lo aplaudían cuando hacia alguna finta a sus sparrings. Era impresionante. Recuerdo que llegamos y hablamos con su asistente “Kid Costeñita” y él nos envió con su entrenador, el cubano Sócrates Cruz, quien nos hizo cambiar enseguida y comenzamos a practicar a diario-

Y continua:

-Era un tipo excéntrico. Era un espectáculo dentro y fuera del cuadrilátero. Había ido a pelear en Japón y allá aprendieron a amarlo, por la simpatía que irradiaba su estilo de pelear. Era veloz, vistoso y muy, pero muy valiente. Entre las cuerdas era un bailarín que hacía daño. Fue a hacer una pelea a Filipinas y se quedó para hacer una serie de al menos cinco combates, todos los ganó. Recuerdo que llegó a Cartagena con unos zapatos encendían luces al caminar. Y conto con la suerte que en Cartagena se iba la luz todas las noches y paseaba la ciudad por las noches con sus zapatos encendidos. Ese era él, entregado a sus locuras –

En la soledad azulosa del coliseo de combates de Barranquilla, en donde las voces de sudorosos atletas soñadores se esparraman con un eco nostálgico sobre las gradas – quedan muy pocos sobrevivientes de esa época de oro del boxeo de Colombia.

Armando “El Policía” Pérez me envía a charlar con Juanito Herrera, un diminuto boxeador que -en los años 60- hizo soñar a los barranquilleros con una corona mundial y fue derrotado -por la sin suerte- de sufrir una lesión que lo retiró del boxeo, mientras se bañaba en un arroyo en Rebolo.

De “El Venado” Bernardo Caraballo, recuerda:

-Un día un periodista le preguntó a Caraballo ¿usted porque imita en su estilo a Muhammad Alì? Caraballo lo miró intrigado y dijo ¿Cómo? ¡Si Alì aprendió de mí! A Caraballo todos lo seguían por el espectáculo que brindaba. Muchos de esos seguidores ponían en duda su poder como pegador, lo veían más como un estilista. Le trajeron a Antonio “Mochila” Herrera, un poderoso noqueador y estilista, que se paseaba el mundo con un lustroso récord. Caraballo le dijo a la prensa “lo voy a noquear” y la gente no le creyó. Esa noche -febrero 11 de 1968- Caraballo no danzó sobre el ring, se paró a Pelear. Recuerdo que El “Negro” Perea dijo que estaba haciendo una pelea equivocada y anunció que “Mochila” con su poder lo iba a tumbar. Caraballo noqueó a

“Mochila” Herrera en cuatro asaltos-

Juanito agrega:

-Caraballo donde llegaba, paralizaba todo. Un día antes del combate salió del hotel y caminó el Paseo de Bolívar bailando un yoyo. La prensa lo seguía y -un día después- salió una foto inmensa en primera página de los periódicos de Barranquilla. La gente deliraba con él- rememora Juanito.

-Bernardo Caraballo era tan bueno y carismático que peleaba de local en Bogotá y en cualquier ciudad del país. En una de esas veladas en la capital, con el coliseo El Campin lleno a reventar llegó a verlo a ring side el entonces presidente de la República de Colombia, el doctor Guillermo León Valencia. Un edecán del presidente se le acercó a Bernardo para que saludara al mandatario. Al final del combate y cuando era entrevistado por la radio nacional Caraballo dijo: “Bueno dedico esta victoria a mi madre Santos y a…y a…este man de corbata que está allí – recuerda entre risas el periodista deportivo Alberto Agamez.

El ilustrado periodista deportivo Pepe Sánchez, tiene a Bernardo Caraballo en el pedestal de su admiración.

-Era un espectáculo ver hacer sus excentricidades. Una mañana de junio, a pleno mediodía con el sol en lo mas alto, se presentó a la zona amurallada con un abrigo de piel y camino por largo rato saludando a los presentes y fue la sensación-

Al recordar esto -y sintiendo la satisfacción que fue parte de esta historia- Armando “El Policía” Pérez sonríe y dice:

Un tipo como Caraballo no se marcha nunca. Solo pasó al umbral de la inmortalidad.