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Johnny Pacheco y Alfredito De la Fe, unidos por la salsa, arrullados por un son

Johnny Pacheco y Alfredito De la Fe nacieron del mismo vientre de una mujer llamada salsa y llegaron al mundo condenados a estar irremediablemente unidos por el cordón umbilical de la cultura musical.

Alfredito alcanzaba apenas los doce años –nació en Cuba un 6 de febrero de 1954 – y ya formaba parte de grupos de cámara que hacía música clásica por toda Europa. Se hace beneficiario de la beca Juilliard, para ingresar al famoso Warsaw Conservatory, en Polonia.

Pero la nostalgia lo atrapaba por las noches y escuchaba por la radio latina que en New York crecía un fenómeno –que escandalizaba a muchos- por la fusión de instrumentos variados alrededor de la música afro caribeña.

Entonces el rebelde Alfredito tomó una decisión y renunció a la Metropolitan  Opera Orchestra – y a esa beca que le daba todo-  y viajó a New York a zambullirse en ese mar de acontecimientos culturales latinos que lo obnubilaba. No cumplía aun los catorce años cuando ya estaba haciendo charanga con la orquesta de José Fajardo y comenzó a frecuentar con esos monstruos que antes sólo llegaban a su alma a través de las ondas hertzianas.

-En tiempo record comencé a actuar con orquestas cada vez más famosas. Llegué a San Francisco y me uní a Carlos Santana. Mi realización más grande fue cuando llegué a New York a trabajar con Eddie Palmieri, la Típica 73 y a otras orquestas que me llamaban para vincular mi violín a sus grabaciones. En esas llegué al night-club “El Corso” de la calle 86, de Manhattan, en donde el concepto salsa ya bullía en el cerebro de un prodigio de la cultura latina llamado Juan Azarías Pacheco Kiniping – relata.

Sólo el destino teje esos retazos increíbles que hacen grande a los talentosos. En la misma ciudad de New York otro joven soñador se había adelantado a Alfredito, y ya tenía su propia  historia con la música afro antillana.

Igual que Alfredito, Juan Azarías Pacheco Kiniping, a quien ya habían rebautizado simplemente como Johnny Pacheco,  llegó a New York siendo un niño, pero bajo una circunstancia distinta: llegó huyendo del gobierno dictatorial de Rafael Leónidas Trujillo, que oprimía con violencia a República Dominicana.

“Su padre, Rafael Azarías Pacheco, dirigía la orquesta Santa Cecilia y al dictador –a quien le encantaba el sonido de esa orquesta- se le antojo, y ordenó cambiar el nombre y rebautizarla. Mandó a rebautizarla como Orquesta Presidente Trujillo y Rafael Azarías se negó”, dice el registro biográfico de la familia.

Los músicos amigos de Rafael Azarías lo visitaron una noche lluviosa  y le advirtieron que debía marcharse de Santiago de los Caballeros, porque el dictador estaba furioso y sus vidas corrían peligro. Entonces, todos emigraron a New York, donde el joven Juan, hiló la historia más brillante de la música latina.

Juan Azarías Pacheco –a los once años- ingresó a estudiar percusión en la misma escuela a la que después ingresaría Alfredito De la fe. Años después el destino selló esta página fabulosa de la historia musical al propiciar un encuentro de dos fenómenos de la salsa entre el humo del tabaco, las luces de colores y los sonidos de trompetas, clarinetes, los  timbales y las risas destempladas de los latinos que atiborraban ese night club.

“El Corso”, parecía un imán para atraer músicos y amantes de la salsa. Se convertía desde los miércoles en un hormiguero de artistas de varios géneros que confluían allí para agruparse y crear nuevos sonidos. Eran genios en constante proceso de producción intelectual. Y todos coincidían en reunirse alrededor Johnny Pacheco para untarse de sus talentos.

Allá llegaban todos. Y Johnny Pacheco, un sujeto alto, desgarbado, con una cabeza enorme, coronada por una mata de pelo plateado y desordenado, una nariz puntiaguda -que bailaba de todo, aunque no sabía bailar-  y que hablaba hasta por la ropa, era alguien a quien todos necesitaban consultar sobre un sonido nuevo en arreglos musicales.

Johnny Pacheco era una máquina de movimiento perpetuo. Saludaba a los asistentes con efusividad. Saltaba de un grupo a otro  y hablaba igual en español o inglés, de rock, hablaba de jazz, de country, soul y ya estaba haciendo una charanga que tenía el mercado revolucionado. Siempre que llegaba a un grupo a enriquecer las conversaciones con su alegre sabiduría, se esforzaba por tratar de cantar algo de lo que quería escuchar. Luego, sonaba las palmas y saltaba sin armonía en sus movimientos, pero era tan talentoso, que hasta eso le lucía.

-Para mí era un genio de la música. Yo lo seguía a donde se moviera porque tocaba el violín y era mi referente como violinista, aunque ya en Fania no lo hizo más. En Fania se hizo popular con la flauta, aunque había estudiado percusión – recuerda ahora Alfredito De la Fe.

Y retorna a su historia al lado de Pacheco:

-Yo estaba en “El Corso” cerca a la tarima con mi violín sacando notas –esperaba mi turno porque iba a hacer parte de una presentación- y Johnny Pacheco me llamó a vincularme con una conversación entre músicos latinos. Me atrae por la camisa y me pide: “Dame un son montuno”-

Alfredito colocó su violín sobre el hombro izquierdo, cerró los ojos y rasgó las cuerdas con cadencia. Y sacó los acordes impecables del son montuno. A Johnny Pacheco se le iluminaron los ojos, elevó su cuerpo hasta su propia altura -como una cometa- y siguió los acordes con las palmas para rematar un pegajoso coro, con su característica voz nasal, de marcado acento latino. Todos los músicos unieron sus palmas y sus gargantas imitando sonidos instrumentales y terminaron haciendo las delicias en ese rincón del night club, “El Corso”.

-Eso es. Eso es lo que estoy pensando muchachos. Ese es nuestro camino de ahora en adelante – les dijo “El Zorro Plateado” a los músicos.

Y se marchó dando una palmada en el hombro de Alfredito De la Fe. Lo vieron  –dar saltos sin armonía, con el pantalón ceñido a sus piernas delgadas y curvas, con su camisa clara de mangas largas hasta las uñas de las manos y su chaquetín de colores. Danzaba a lo ancho y largo de la discoteca- hasta llegar a otro grupo a charlar con otros soñadores, reunidos en otro círculo.

Los estudiosos creen que Johnny Pacheco creó La Fania All Stars desde que formó parte de la agradable orquesta “The Allegre All Stars”, en 1963. Era una banda de un sonido poderoso, con una instrumentación bien marcada y conformada por músicos veteranos que explotó en el mundo de los salseros como una alegre bomba. Desde entonces, venía atrayendo a los mejores músicos alrededor de una empresa que tenía en mente al registrar el sello Fania Records con el abogado norteamericano, productor de cine, empresario de conciertos Jerry Masucci. Fue un primer paso para lanzar al mundo la empresa musical más grande en toda la historia de la humanidad.

Sólo la genialidad, simpatía, persistencia de un obstinado llamado Johnny Pacheco pudo conducir a un barco tan pesado a buen puerto, en medio del  mar de la incredulidad.

-Era una idea sin futuro porque la salsa en ese entonces era un fenómeno que apenas se desarrollaba y nadie le daba crédito a una empresa de tamaña dimensión- dijo el investigador Ernesto Lechner en un reportaje a Pacheco en el verano del 2010.

En esa entrevista Johnny Pacheco reconoció que creo la Fania con el espíritu orquestal de la Sonora Matancera, la academia musical de Cuba:

-La primera vez que oí a la Matancera me fascinó. El sonido que tenía y la manera en que el pianista Lino Frías trabajaba  esos arreglos eran geniales. Era como degustar un almuerzo soñado con todos los deseos – dijo entonces.

De la Sonora Matancera a Fania All Stars Pacheco llevó casi todo, los pitos como guía armónica, los coros nasales de los experimentados músicos jibaros, los temas campesinos que embrujaban a los pueblos. Pero todo en mayor dimensión y con los mejores exponentes. Y agregó el violín, para lo cual ya tenía como candidato a un jovencito nostálgico que veía con frecuencia en “El Corso”.

A mediados de 1980 Johnny Pacheco vinculó a Alfredito De la Fe en la nómina del fenómeno musical del siglo: La Fania All Stars.  La historia dice Alfredito De la Fe –desde entonces- “fue el primer violín en formar parte del revolucionario  fenómeno musical llamado salsa”.

Y Alfredito De la Fe se habituó a tener sobre la misma tarima  al monstruo que antes admiraba -sin conocerlo- al escuchar noticias suyas por la radio. Admite que cuando Pacheco estaba cerca sentía una especie de electricidad que lo motivaba a estar pendiente de una orden repentina:

-Claro. Era un sueño casi imposible de cumplir, porque yo a tan corta edad y metido en conservatorios no tenía la más mínima posibilidad de conocer a Johnny Pacheco. Al final me decidí y renuncié a todo y el destino me guío a este puerto de ensueños-

-Y ocurrió en tiempo corto. El maestro Johnny Pacheco estaba allí –al alcance de mi vista, sobre la misma tarima – dirigiendo la orquesta con gestos, con gritos en lenguas nativas de América Central. Dando saltos que todos celebraban, se perdía por entre los músicos bailando sin saber bailar, se me acercaba al oído y me pedía: “Dame un solo de los que tú sabes” y me electrizaba con su orden- relata Alfredito.

Maestro ¿Qué es lo que más recuerda usted de trabajar al lado de Johnny Pacheco?

-La seguridad. La seguridad para hacer lo que deseaba sobre la tarima. Su sonrisa generosa. La forma familiar como te saludaba. Con sólo escuchar mi violín él sabía que yo era uno de sus músicos- dice De la Fe a través de la línea telefónica.

-Y Pacheco es dueño del don de congregar alrededor de su simpatía lo más grande sin la más mínima posibilidad de que alguien se queje. Hacia lo imposible, como reunir en esa primera camada de cantantes a los mejores del mundo como Celia Cruz, Héctor Lavoe, Willie Colón, Rubén Blades, Cheo Feliciano, Ismael Miranda, Ismael Rivera, Ismael Quintana, Santicos Colón, Adalberto Santiago y Pete “El Conde” Rodríguez-

Alfredo hace una pausa en el teléfono y prosigue:

-La nómina de músicos era monstruosa: Larry Harlow, Richie Ray, Papo Lucca, Monguito Santamaría, Yomo Toro, Bobby Valentin, el “Mano de Seda” Ray Barreto, el “bailarín de la Fania” Roberto Roena, Loui Ramírez, mi persona y otros músicos que entraron posteriormente –

La Fania All Stars rompió los muros de la cultura musical en el mundo e hizo de la salsa una bandera universal. Se realizaron conciertos en África, Japón y América. Y en seis países europeos. Fania All  Stars vendía sus productos por decenas de millones de dólares. En 1972 y 1974 los conciertos Fania All Stars at the Cheetah fueron grabados y reproducidos en formato cine con asistencias multitudinarias en todo el mundo.

En 1973 Jerry Masucci tuvo la osadía de arriesgar su inversión económica y alquiló el Yankee Stadium de Nueva York para una presentación de la orquesta que manejaba Johnny Pacheco.

Jerry Masucci relató este episodio a los medios:

-La gente pensó que estábamos locos. Pero igual pagué 280.000 dólares para alquilar el Yankee Stadium sólo por una noche. La gente no cabía en las gradas y terminaron tomándose la tarima y Johnny Pacheco no paró de dirigir la orquesta-

Fue tanto el ruido producido alrededor del fenómeno Fania, que Jerry Masucci dejó de grabar en estudios (grabó 15) y terminó produciendo cerca de diez álbumes en vivo que dejaron decenas de millones de pesos en ventas.

La Fania creció. Entraron y salieron cantantes y músicos. Entonces comenzó a hablarse de salsa jazz y llegaron estrellas como Manu Dibango, el hermano de Carlos Santana, Jorge y Eric Galé.

Hoy, el mundo no llora la partida física de Juan Azarías Pacheco Kinniping…Nadie debe llorar. El mundo celebra el ingreso de Johnny Pacheco a una dimensión que ya él había conquistado desde mediados de los 60….la inmortalidad…

Por: William Ahumada
Colaborador PRENSA NEWS

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